2012
ene
2010
nov
sep
ago
mar
2009
dic
nov
oct
sep
ago
jul
jun
may
abr
mar
feb
ene

abril 2009

  • Ningún primate que se precie…

    Bunsen es una estupenda tira gráfica de Jorge Pinto en la que salen monos que hablan y científicos sin un duro. Casi parecería nuestra si alguno de nuestros monos supiera dibujar. Altamente recomendable. De verdad. Venga, todos los monos a hacer clic…

    Gritos en la jungla [2]
  • 1387: PRIMERA PREVIEW

    INTERLUDIO: URBANO VI

    Nada perturbaba aquella noche la calma del hombre que se había llamado Bartolomeo Prignano. Pese a la tardía hora y a la oscuridad imperante en el exterior del castillo de Lucca, en la Toscana, él continuaba trabajando, incansable. Uno tras otro escribía, firmaba y sellaba tranquilo los documentos que el correo nocturno distribuiría hacia las cuatro esquinas del mundo. La luz de dos candelabros iluminaba a duras penas la rica estancia, pero era más que suficiente para alumbrar la mesa de nogal que utilizaba, el caro material de escritura y la cera para los sellos; tres correos accedían puntuales a esa cámara (uno a media mañana, otro vespertino y el último, el más insólito, el que ahora aguardaba fuera, casi a medianoche) para recoger la Palabra del Santo Padre. Recordaba cómo, durante su tiempo como prisionero de otra fortaleza, la de Nocera, cuando Carlo de Durazzo, rey de Nápoles y Jerusalén por la gracia vaticana se volvió contra él, aquellos mismos tres correos habían seguido funcionando, entrando y saliendo del castillo en el más absoluto secreto. Hacía buen uso de aquellos benditos mensajeros, que le permitían seguir conduciendo por el buen camino a la Cristiandad, libre o preso.
    Se había llamado Bartolomeo Prignano, pero ahora era Urbano VI, sucesor número 201 de Pedro al frente de la Iglesia de Roma. Nombraba emperadores, confirmaba reyes y estaba dispuesto a conseguir Nápoles para su sobrino Francesco. La caída del Anticristo, al que muchos llamaban Anti-Papa, le seguiría con prontitud.
    Todo había comenzado con su nombramiento: por diversos malentendidos, el pueblo de Roma creyó que se había elegido primado a un no-italiano, Jean de Bar. La gente dejó sentir su contrariedad: en realidad era a Bartolomeo a quien habían escogido Papa, aunque en aquel momento se hallaba en otra parte. Volvió y aceptó el cargo, y casi al momento comenzó a amonestar lo que él consideraba conductas deplorables entre la curia. Un grupo de cardenales, con la excusa (o la razón) de que el Papa había sido entronizado sólo por las presiones populares nombró a un Anti-Papa, Clemente VII, que escapó a pontificar desde Aviñón.
    Europa entera comenzó a dividirse: Papa o Anti-Papa, Urbano o Clemente. Muchas cosas estaban en juego, viejas rencillas, apoyos políticos, nombramientos y confirmaciones. Y destituciones. El propio Urbano nombró al Rey Carlo tratando de hacer justicia con el gobierno de Nápoles hasta que vio necesario destituirle por su insubordinación. Pero Durazzo no se dejó amilanar ni destituir, y persiguió a Urbano, obligándole a encerrarse en Nocera. Todo eso había quedado atrás: Carlo de Durazzo descansaba en paz hacía años.
    Urbano se fue a la cama y se durmió más rápido de lo que esperaba.

    Y Dios le mandó visiones en sueños, terribles, terribles visiones en las que vio con exactitud detallada lo que estaba a punto de suceder. Y Dios le dejó vislumbrar apenas lo que ocurriría un poco más adelante, un atisbo de lo que podría llegar a pasar si el libre albedrío humano elegía los caminos necesarios.
    Y Urbano se levantó llorando. Lloró toda la mañana, corrió con sus lágrimas la tinta de las cartas que estaba enviando a todos y cada uno de los monarcas europeos, a los abades y abadesas, a los líderes de los cónclaves y ciudades estado, a los comandantes de los puertos que conocía, y una carta muy especial que partiría hacia Levante. Selló con cera salada todas esas misivas, y siguió llorando el resto del día. Y cuando María de Sicilia, Duquesa de Atenas le preguntó la razón de su llanto inconsolable, Urbano pecó y se lo contó. Meditabunda, María recorrió el castillo entero hasta que, decidida, se lanzó desde la torre más alta de Lucca. Llorando miró Urbano a la pobre reina muerta, con el cuello partido y la cabeza destrozada, y llorando la envidió.

    Gritos en la jungla [1]
  • Fe en la ciencia

    Tenemos otro mono precog que se ha atrevido (en el límite del plazo) a teclear sin parar hasta que ha reunido ciento cincuenta palabras que medianamente cobraban sentido juntas. Podéis leer aquí el amasijo de letras. Aunque el concurso cuenta con un jurado, las votaciones de los lectores siempre son bienvenidas…

    «Media el siglo veintiuno y todavía no hemos visto los grandes prodigios que se nos prometieron».

    Gritos en la jungla [3]
  • Imaginación

    Hoy hace 50 años mi padre me preguntó: “¿cómo crees que será el mundo dentro de 50 años?”.

    Así empieza el microrrelato que Marcos, uno de los monos más activos, ha presentado al concurso organizado por la distribuidora DeAPlaneta para promocionar la película Señales del futuro.

    Podéis leerlo completo y votar en el blog del concurso. Pero si gana nos tiene que traer regalitos de Boston para todos…

    Gritos en la jungla
  • 1387: séptimo aviso

    El Cisma de Occidente comenzó con la elección, en circunstancias tumultuosas, del papa Urbano VI en 1378. Poco después de haber sido entronizado, un grupo de cardenales molesto anuló la validez del mismo argumentando que se le había escogido obedeciendo a presiones populares y nombrando a un Antipapa que ellos consideraban legítimo, Clemente VII. Europa entera se dividió entre los favorables al Papa o al Antipapa, Urbanistas y Clementinos.

    Urbano nombró y depuso en función de lo que él consideraba que era correcto. Y en ocasiones nombró y depuso a la misma persona, como fue el caso del Rey de Nápoles Carlos Durazzo. Pero Durazzo no se sometió, y en 1383 apresó al Papa Urbano VI, que trató de regir la dividida cristiandad desde su cárcel palaciega. Intentó regresar a Roma en 1389, donde murió envenenado.

    Pero la verdad es que Urbano nunca más volvió a pisar Roma.

    Gritos en la jungla