1387, Diario de un final/1: de nudos y reyes

Gritos en la jungla

“1387” ha encarado su recta final. Después de escribir los capítulos más intensos en cuanto a desarrollo de personajes que he tenido que afrontar hasta ahora (pero con tantos protagonistas simultáneos que me parece que he dejado a demasiados fuera de foco), a falta de un pulido posterior para rematar ángulos y con el temor de no haber sabido contar las cosas de manera atractiva (“pero es que la historia es así”. Ya, ya sé que no soy el primero ni el único que siente que está explicando algo en lugar de inventándolo), el núcleo de la novela ya está vista para sentencia.

Ahora debo empezar con el final. Un final que puede ser más o menos largo: “1387” tiene actualmente unas 230 páginas que se convertirán en 350 antes de dar por acabado el libro, a buen seguro. Tienen que pasar aún muchas cosas, ni de lejos he dejado caer todavía todas las claves de la aventura. Pero el primer tramo de la aventura que yo tenía claro que quería explicar ya ha pasado. Ahora, los personajes me tienen que contar como llegan desde ahí al segundo clímax, a lo alto de la segunda etapa que tienen que escalar.

Hay cuatro personajes separados del grupo protagonista, al cual se han integrado nuevos acompañantes y del cual se van a separar otros en breve. Después de haberlos presentado y haber permitido que la necesidad y sus intereses les pusieran en contacto, es hora de que se conozcan de verdad, que dejen de ser sencillamente “aquellos con los que salvamos el pellejo cuando…” y empiecen a establecer relaciones de verdad. Eustaquio y Fray Enric comparten un pasado común, saben lo que pueden esperar del otro (aunque lleven tiempo sin verse) pero ¿que hay, por ejemplo, de Gratiano y Dusan? ¿Se van a caer bien o no? ¿Y el carnicero judío: formará parte del grupo, se quedará con el niño que ha rescatado…? ¿Y “la Neme” y “la Sinda”: que puede pasar ahora que sus mundos se han puesto del revés? ¿Y Merk, el pobre tabernero, que lo ha perdido todo, incluído su familia, sus amigos… y su pasado?

Pero aunque tengo ganas de escribir sobre ellos, y sobre el capitán Artemi y la pesada carga que transporta, y lo volveré a hacer pronto, ahora tengo que distanciarme un poco de todo eso. Tengo que ir a otro sitio, llevar a unos personajes que hasta ahora fueron secundarios al primer plano y hablar de un rey concreto y real, y de un entorno concreto y real, y de unos castillos y lugares concretos y reales que en 1387 pertenecían a Castilla, sí, habían sido reconquistados 50 años atrás a los hijos de Alá… pero que estaban prácticamente designando la marca hispánica sur. ¿Como se vivía en aquellas circunstancias? ¿En tensión, en paz hasta que uno u otro atacaba, calibrando al enemigo con respeto o tratando de provocarlo para que cometiera errores? Sabemos cosas sobre las armas y armaduras, sobre los castillos y los nombres que tenían los lugares y las gentes, de la nobleza y del pueblo; pero cuesta saber cómo eran las sensaciones, como olían los bosques y el tamaño que tenían entonces, cómo se veía al bosque y a la sierra, si como aliados o como terribles enemigos. No soy ni quiero ser un narrador histórico, no me he empapado tanto de la época como para poder volcar todo eso en mi novela, ni es lo que pretendo. La imaginación va a tomar el control, pero empapándose de unos ciertos vapores y caldos y posos históricos.

En ello estoy. Deshaciendo un nudo gordiano: sé que cortaré, pero espero liberar un poco de cabo a lado y lado antes de sacar la espada. Su Majestad castellana, Juan I, está presto para dar la orden.

1387: TERCERA PREVIEW

Gritos en la jungla

Del mundo desparecieron los detalles y lo esencial se hizo visible. Cogió el aire que respiraba y lo fragmentó en siete partes, siete colores. (…) Respiró, y dividió y se sumergió en su arcoiris virtual: para empezar necesitaba la materia prima.

Respiró azul, tragó amarillo y, mezclándolo con rojo, exhaló naranja. Dos naranjas, tres naranjas. El cercano índigo vibró.

Respiró azul, tragó amarillo y exhaló un naranja de otra tonalidad más clara, que bañó los otros y esculpió su forma y altura.

Luego respiró azul, tragó amarillo, y exhaló nieve violeta sobre el naranja, congelándolo.

Evanesció todo rastro de amarillo. El naranja se tornó azul. El índigo volvió a vibrar.
Entonces comenzó a tornarse verde, todo verde, verde rama, verde oliva…

Se miró las manos: estaban tan saturadas de índigo que se derramaba hasta el suelo, y allí donde fuera sus pisadas añiles le denunciaban. Asesino. Asesino…

1387: décimo aviso

Gritos en la jungla

En 1387, abandonad toda esperanza.

Porque las nubes se abrirán y vomitarán fuego, y dragones, y criaturas monstruosas de las que vuestras pesadillas os habían salvado hasta ahora. Porque llegarán la muerte ambulante, la peste encarnada, la guerra aplastante, el hambre insaciable. Porque los espíritus etéreos que moran en el vacío de la inexistencia destruirán vuestras vidas y arrasarán vuestras almas. Porque Satán se esconderá debajo de una piedra por miedo al infierno que se desatará en la Tierra, y rezará a Dios porque todo acabe bien.

Huid, huid mientras podáis. 1387 es el límite, es la frontera. Más allá os espera vuestra destrucción.

1387: noveno aviso

Gritos en la jungla

En Diciembre de 1387, el rey Juan I de Castilla convocó Cortes en Briviesca. El motivo era la solicitud a los nobles de dinero para pagar al Duque de Lancaster por su renuncia a las aspiraciones al trono castellano por línea matrimonial.

Pero esas Cortes tuvieron que adelantarse casi medio año por un motivo mucho más apremiante.

1387: SEGUNDA PREVIEW

Gritos en la jungla

Se removió, intranquilo, en su palacio de brumas. Alguien había roto las Reglas (¿qué reglas? ¿Las suyas o las de Ella?) así que pronto podría volver a Obrar. No sólo para los Creyentes, no sólo para los Antiguos, no sólo en el Este. Como en el principio.

- Apresúrate, Artemi –soñó que decía–. Debo llegar cuando sea el momento.

El Capitán Artemi no le oyó… Pero soñó que le oía, y despertó. Sopesó sus opciones y ordenó las maniobras oportunas para acelerar el barco: en una hora ganaron cinco nudos más. El viento sopló favorable y los cinco se convirtieron en diez antes del alba.

1387: Octavo aviso

Gritos en la jungla

En 1388, Juan de Gant, primer Duque de Lancaster y señor hasta el año anterior de Santiago de Compostela, Vigo y Pontevedra, abandonó las aspiraciones de hacerse con el trono de Juan I de Castilla (estaba casado con la infanta Constanza de esa corte) y para demostrar su buena voluntad concedió la mano de su hija Katherine, de 16 años, al hijo menor del rey castellano, Enrique, Príncipe de Asturias, que por entonces era un niño de apenas 9.

Pero ese matrimonio nunca se pudo celebrar.

1387: PRIMERA PREVIEW

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INTERLUDIO: URBANO VI

Nada perturbaba aquella noche la calma del hombre que se había llamado Bartolomeo Prignano. Pese a la tardía hora y a la oscuridad imperante en el exterior del castillo de Lucca, en la Toscana, él continuaba trabajando, incansable. Uno tras otro escribía, firmaba y sellaba tranquilo los documentos que el correo nocturno distribuiría hacia las cuatro esquinas del mundo. La luz de dos candelabros iluminaba a duras penas la rica estancia, pero era más que suficiente para alumbrar la mesa de nogal que utilizaba, el caro material de escritura y la cera para los sellos; tres correos accedían puntuales a esa cámara (uno a media mañana, otro vespertino y el último, el más insólito, el que ahora aguardaba fuera, casi a medianoche) para recoger la Palabra del Santo Padre. Recordaba cómo, durante su tiempo como prisionero de otra fortaleza, la de Nocera, cuando Carlo de Durazzo, rey de Nápoles y Jerusalén por la gracia vaticana se volvió contra él, aquellos mismos tres correos habían seguido funcionando, entrando y saliendo del castillo en el más absoluto secreto. Hacía buen uso de aquellos benditos mensajeros, que le permitían seguir conduciendo por el buen camino a la Cristiandad, libre o preso.
Se había llamado Bartolomeo Prignano, pero ahora era Urbano VI, sucesor número 201 de Pedro al frente de la Iglesia de Roma. Nombraba emperadores, confirmaba reyes y estaba dispuesto a conseguir Nápoles para su sobrino Francesco. La caída del Anticristo, al que muchos llamaban Anti-Papa, le seguiría con prontitud.
Todo había comenzado con su nombramiento: por diversos malentendidos, el pueblo de Roma creyó que se había elegido primado a un no-italiano, Jean de Bar. La gente dejó sentir su contrariedad: en realidad era a Bartolomeo a quien habían escogido Papa, aunque en aquel momento se hallaba en otra parte. Volvió y aceptó el cargo, y casi al momento comenzó a amonestar lo que él consideraba conductas deplorables entre la curia. Un grupo de cardenales, con la excusa (o la razón) de que el Papa había sido entronizado sólo por las presiones populares nombró a un Anti-Papa, Clemente VII, que escapó a pontificar desde Aviñón.
Europa entera comenzó a dividirse: Papa o Anti-Papa, Urbano o Clemente. Muchas cosas estaban en juego, viejas rencillas, apoyos políticos, nombramientos y confirmaciones. Y destituciones. El propio Urbano nombró al Rey Carlo tratando de hacer justicia con el gobierno de Nápoles hasta que vio necesario destituirle por su insubordinación. Pero Durazzo no se dejó amilanar ni destituir, y persiguió a Urbano, obligándole a encerrarse en Nocera. Todo eso había quedado atrás: Carlo de Durazzo descansaba en paz hacía años.
Urbano se fue a la cama y se durmió más rápido de lo que esperaba.

Y Dios le mandó visiones en sueños, terribles, terribles visiones en las que vio con exactitud detallada lo que estaba a punto de suceder. Y Dios le dejó vislumbrar apenas lo que ocurriría un poco más adelante, un atisbo de lo que podría llegar a pasar si el libre albedrío humano elegía los caminos necesarios.
Y Urbano se levantó llorando. Lloró toda la mañana, corrió con sus lágrimas la tinta de las cartas que estaba enviando a todos y cada uno de los monarcas europeos, a los abades y abadesas, a los líderes de los cónclaves y ciudades estado, a los comandantes de los puertos que conocía, y una carta muy especial que partiría hacia Levante. Selló con cera salada todas esas misivas, y siguió llorando el resto del día. Y cuando María de Sicilia, Duquesa de Atenas le preguntó la razón de su llanto inconsolable, Urbano pecó y se lo contó. Meditabunda, María recorrió el castillo entero hasta que, decidida, se lanzó desde la torre más alta de Lucca. Llorando miró Urbano a la pobre reina muerta, con el cuello partido y la cabeza destrozada, y llorando la envidió.

1387: séptimo aviso

Gritos en la jungla

El Cisma de Occidente comenzó con la elección, en circunstancias tumultuosas, del papa Urbano VI en 1378. Poco después de haber sido entronizado, un grupo de cardenales molesto anuló la validez del mismo argumentando que se le había escogido obedeciendo a presiones populares y nombrando a un Antipapa que ellos consideraban legítimo, Clemente VII. Europa entera se dividió entre los favorables al Papa o al Antipapa, Urbanistas y Clementinos.

Urbano nombró y depuso en función de lo que él consideraba que era correcto. Y en ocasiones nombró y depuso a la misma persona, como fue el caso del Rey de Nápoles Carlos Durazzo. Pero Durazzo no se sometió, y en 1383 apresó al Papa Urbano VI, que trató de regir la dividida cristiandad desde su cárcel palaciega. Intentó regresar a Roma en 1389, donde murió envenenado.

Pero la verdad es que Urbano nunca más volvió a pisar Roma.

1387: tercer aviso

Gritos en la jungla

En 1388, el estricto Dux Antonio Venier, denunció a su propio hijo Alvise por cortejar repetidamente a mujeres casadas. Alvise acabó en la temida prisión veneciana, donde no tardó en morir de una terrible enfermedad.

Excepto que tal cosa nunca tuvo lugar.

1387: Segundo aviso

Gritos en la jungla

En 1388, las fuerzas combinadas de Bosnia, Bulgaria y Serbia derrotaron a los invasores Otomanos en la Batalla de Plocnick.

Excepto que eso nunca llegó a suceder.

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